jueves, 18 de abril de 2013

Un viaje incierto.


Hará ahora unos veinte años, mientras andaba por la calle más céntrica de Sevilla, la calle Tetuán, en el que cientos de personas la recorrían arriba y abajo, entrando y saliendo en las numerosas tiendas y sin mirar más allá de la punta de su nariz, fue cuando me crucé por primera vez con un indigente, un mendigo, que tocaba un sucio y viejo saxofón para ganarse algunas cuantas monedas, céntimos a lo mucho, algún euro y poder salir adelante. Pese a ser un mendigo, se le notaba una gran destreza con el saxofón, pese a que se colaba alguna que otra nota desafinada debida a las pésimas condiciones del instrumento.

Junto a su gorrilla pude ver un disco, en el que aparecía un joven chico negro, con su saxofón brillante y con una sonrisa de oreja a oreja. Al preguntarle por ese disco, me miró a los ojos y pude ver que se trataba de él, aunque su cara estuviera demacrada y con marcados surcos, fruto del hambre y del frío de vivir en la calle. Así fue como conocí a Sinama Diawara, un joven saxofonista congoleño.

Sinama Diawara era el menor de 10 hermanos, su familia se dedicaba al ganado y la agricultura, y como la mayoría eran hombres, Sinama no pudo heredar ni ganado ni tierras, por lo que tendría que
buscarse alguna mujer de provecho con la que casarse. Su abuelo, uno de los pocos que habían abierto su mente a la cultura occidental, decidió enseñarle a tocar un viejo saxofón que tenía por su
casa. Sinama huía continuamente al campo con sus hermanos a cuidar el ganado, hasta que su abuelo pidió a sus padres que si podía llevárselo a la capital, Kinsasa, donde tenían un piso y en el que podría educarle además de enseñarle a tocar el saxofón. Y así fue como Sinama, junto a su abuelo Alí, viajaron a la ciudad.

En la ciudad, Sinama tuvo que habituarse a otras costumbres y aprender a vivir en una ciudad. Alí le impartía por la mañana la educación básica de la escuela, y por la tarde le enseñaba a tocar el saxofón. Tras unos meses en Kinsasa, Alí presentó a su nieto a las pruebas para acceder a la Orquesta Sinfónica de Kinsasa, la única agrupación instrumental del país. Pese a la oposición que le pusieron para poder entrar, ya que era menor de edad, al ver la destreza de Sinama con el saxofón, y puesto que ningún otro saxofonista se había presentado, decidieron escogerlo y aceptarlo como parte de la banda. Sinama se llevó varios años en la Orquesta, recorriendo todo el Congo y llevando la música a las zonas más desfavorables. Dentro de la Orquesta, fue ganando posiciones hasta acabar de solista.

En un certamen de bandas internacionales que se realizó en Kinsasa, un hombre de esmoquín negro impoluto, se acercó a Sinama tras la actuación y le ofreció tocar en la Orquesta Filarmónica de Viena, de la que él era enviado y poder cuadriplicar el sueldo que estaba recibiendo. Sinama fue corriendo a contárselo a su abuelo y los tres llegaron a un acuerdo. Sinama le prestó al representante de la Orquesta Filarmónica de Viena todo el dinero que había ganado en estos años para que le comprara el billete de avión, y le pidió que le comprara otro a su abuelo, pues pretendía llevárselo consigo, pero el representante lo rechazó ya que no había suficiente dinero para los dos. Sinama prometió a su abuelo que una vez que ganase dinero, volvería a por él, y Alí, antes de irse su nieto, le regaló el saxofón que él usó de pequeño.

Sinama preparó su maleta, e incluso compuso una maqueta con temas propios para llevársela. El representante le contó que su vuelo haría escala en Sevilla, y que se verían allí y le daría el otro billete para viajar a Viena. Pero la realidad fue diferente, cuando Sinama llegó a Sevilla, no sabía español, no encontró al representante y no tenía ni teléfono. Sinama montó un alboroto por el aeropuerto, pero poco después se dio cuenta de que lo habían estafado, y que ahora no tenía nada, más que su ropa puesta, su saxofón y su maqueta.

Así fue como Sinama pasó de estar ganándose un nombre en su país dentro de la cultura, a ser un indigente más por las calles de Sevilla, todo por la ambición de llegar a lo más alto en su carrera musical.

En ese momento en el que levantó su mirada hacia mí, decidí ayudarle. Lo primero fue el idioma, algo que no le resultó muy difícil, ya que su idioma natal era el francés y Sinama era muy inteligente. Una vez que se soltó, se presentó a las audiciones de acceso para el Conservatorio Francisco Guerrero, aquí en Sevilla, pero fue rechazado, posiblemente no por su talento, sino por su imagen. Aún estaba desnutrido, estaba vestido con harapos y era negro.

Sin embargo, Sinama siguió estudiando practicando para su audición. A los dos meses, cuando alcanzó un buen estado de salud y se compró ropas nuevas, tras recibir algún dinero de mi parte por haber enseñado a mi hijo a tocar el saxofón, repitió la audición y esta vez sí que lo aceptaron. Sinama entró en el Conservatorio y en unos años entró a formar parte en la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, que era habitual en las óperas en el Teatro de la Maestranza.

Durante sus años de formación y mientras que estuvo tocando en la orquesta, Sinama siguió preparando a mi hijo Martín. Mi hijo ahora ha aprendido a tocar el saxofón y ha creado un grupo con sus amigos, con los que toca en salas, discotecas y ferias y con los que gana dinero haciendo lo que más le gusta.

Cuando mi hijo empezó a tocar con los amigos, Sinama se fue distanciando de nosotros y no hace mucho, tras algunos años sin verlo, ha aparecido en nuestra casa junto a un anciano. Este anciando es Alí, su abuelo y Sinama por fin ha conseguido traerlo junto a él. Vino a nuestra casa porque quería enseñarle que, pese a que hay hombres como el representante que buscan estafar a otras personas y sacar su propio beneficio, no todo en el mundo son personas malas.

Sinama volvió para pedirnos si podía ayudar con el idioma a su abuelo, ya que controlábamos el francés, y así haríamos compañía a su abuelo mientras él ensayaba. Tras estos ensayos, Sinama nos invitó a mi familia y a su abuelo al estreno de una nueva ópera, en el que Sinama hacía su primer solo. Su actuación redonda le condujo a hacerse un hueco dentro de la Orquesta Filarmónica de Viena, invitado de la mano del mismo director, Daniel Barenboim. Sinama se mostró reacio a aceptar la invitación, pero esta vez se trataba de una propuesta verdadera, y Sinama entró a formar parte, después de un largo camino, de la Orquesta Filarmónica de Viena.

Hoy, hemos recibido la llamada de Sinama, nos ha comunicado que se ha muerto su abuelo Alí, y nos ha notificado la hora y lugar de su entierro, allí en Viena. Él mismo nos ha pagado el dinero del avión y el hotel, y todo porque quería agradecernos que gracias a nuestra familia, ha sido capaz de convertir en realidad el sueño de su abuelo.

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