Hará
ahora unos veinte años, mientras andaba por la calle más céntrica
de Sevilla, la calle Tetuán, en el que cientos de personas la
recorrían arriba y abajo, entrando y saliendo en las numerosas
tiendas y sin mirar más allá de la punta de su nariz, fue cuando me
crucé por primera vez con un indigente, un mendigo, que tocaba un
sucio y viejo saxofón para ganarse algunas cuantas monedas, céntimos
a lo mucho, algún euro y poder salir adelante. Pese a ser un
mendigo, se le notaba una gran destreza con el saxofón, pese a que
se colaba alguna que otra nota desafinada debida a las pésimas
condiciones del instrumento.
Sinama
Diawara era el menor de 10 hermanos, su familia se dedicaba al ganado
y la agricultura, y como la mayoría eran hombres, Sinama no pudo
heredar ni ganado ni tierras, por lo que tendría que
buscarse
alguna mujer de provecho con la que casarse. Su abuelo, uno de los
pocos que habían abierto su mente a la cultura occidental, decidió
enseñarle a tocar un viejo saxofón que tenía por su
casa.
Sinama huía continuamente al campo con sus hermanos a cuidar el
ganado, hasta que su abuelo pidió a sus padres que si podía
llevárselo a la capital, Kinsasa, donde tenían un piso y en el que
podría educarle además de enseñarle a tocar el saxofón. Y así
fue como Sinama, junto a su abuelo Alí, viajaron a la ciudad.
En
la ciudad, Sinama tuvo que habituarse a otras costumbres y aprender a
vivir en una ciudad. Alí le impartía por la mañana la educación
básica de la escuela, y por la tarde le enseñaba a tocar el
saxofón. Tras unos meses en Kinsasa, Alí presentó a su nieto a las
pruebas para acceder a la Orquesta Sinfónica de Kinsasa, la única
agrupación instrumental del país. Pese a la oposición que le
pusieron para poder entrar, ya que era menor de edad, al ver la
destreza de Sinama con el saxofón, y puesto que ningún otro
saxofonista se había presentado, decidieron escogerlo y aceptarlo
como parte de la banda. Sinama se llevó varios años en la Orquesta,
recorriendo todo el Congo y llevando la música a las zonas más
desfavorables. Dentro de la Orquesta, fue ganando posiciones hasta
acabar de solista.
En
un certamen de bandas internacionales que se realizó en Kinsasa, un
hombre de esmoquín negro impoluto, se acercó a Sinama tras la
actuación y le ofreció tocar en la Orquesta Filarmónica de Viena,
de la que él era enviado y poder cuadriplicar el sueldo que estaba
recibiendo. Sinama fue corriendo a contárselo a su abuelo y los tres
llegaron a un acuerdo. Sinama le prestó al representante de la
Orquesta Filarmónica de Viena todo el dinero que había ganado en
estos años para que le comprara el billete de avión, y le pidió
que le comprara otro a su abuelo, pues pretendía llevárselo
consigo, pero el representante lo rechazó ya que no había
suficiente dinero para los dos. Sinama prometió a su abuelo que una
vez que ganase dinero, volvería a por él, y Alí, antes de irse su
nieto, le regaló el saxofón que él usó de pequeño.
Sinama
preparó su maleta, e incluso compuso una maqueta con temas propios
para llevársela. El representante le contó que su vuelo haría
escala en Sevilla, y que se verían allí y le daría el otro billete
para viajar a Viena. Pero la realidad fue diferente, cuando Sinama
llegó a Sevilla, no sabía español, no encontró al representante y
no tenía ni teléfono. Sinama montó un alboroto por el aeropuerto,
pero poco después se dio cuenta de que lo habían estafado, y que
ahora no tenía nada, más que su ropa puesta, su saxofón y su
maqueta.
Así
fue como Sinama pasó de estar ganándose un nombre en su país
dentro de la cultura, a ser un indigente más por las calles de
Sevilla, todo por la ambición de llegar a lo más alto en su carrera
musical.
En
ese momento en el que levantó su mirada hacia mí, decidí ayudarle.
Lo primero fue el idioma, algo que no le resultó muy difícil, ya
que su idioma natal era el francés y Sinama era muy inteligente. Una
vez que se soltó, se presentó a las audiciones de acceso para el
Conservatorio Francisco Guerrero, aquí en Sevilla, pero fue
rechazado, posiblemente no por su talento, sino por su imagen. Aún
estaba desnutrido, estaba vestido con harapos y era negro.
Sin
embargo, Sinama siguió estudiando practicando para su audición. A
los dos meses, cuando alcanzó un buen estado de salud y se compró
ropas nuevas, tras recibir algún dinero de mi parte por haber
enseñado a mi hijo a tocar el saxofón, repitió la audición y esta
vez sí que lo aceptaron. Sinama entró en el Conservatorio y en unos
años entró a formar parte en la Real Orquesta Sinfónica de
Sevilla, que era habitual en las óperas en el Teatro de la
Maestranza.
Durante
sus años de formación y mientras que estuvo tocando en la orquesta,
Sinama siguió preparando a mi hijo Martín. Mi hijo ahora ha
aprendido a tocar el saxofón y ha creado un grupo con sus amigos,
con los que toca en salas, discotecas y ferias y con los que gana
dinero haciendo lo que más le gusta.
Cuando
mi hijo empezó a tocar con los amigos, Sinama se fue distanciando de
nosotros y no hace mucho, tras algunos años sin verlo, ha aparecido
en nuestra casa junto a un anciano. Este anciando es Alí, su abuelo
y Sinama por fin ha conseguido traerlo junto a él. Vino a nuestra
casa porque quería enseñarle que, pese a que hay hombres como el
representante que buscan estafar a otras personas y sacar su propio
beneficio, no todo en el mundo son personas malas.
Sinama
volvió para pedirnos si podía ayudar con el idioma a su abuelo, ya
que controlábamos el francés, y así haríamos compañía a su
abuelo mientras él ensayaba. Tras estos ensayos, Sinama nos invitó
a mi familia y a su abuelo al estreno de una nueva ópera, en el que
Sinama hacía su primer solo. Su actuación redonda le condujo a
hacerse un hueco dentro de la Orquesta Filarmónica de Viena,
invitado de la mano del mismo director, Daniel Barenboim. Sinama se
mostró reacio a aceptar la invitación, pero esta vez se trataba de
una propuesta verdadera, y Sinama entró a formar parte, después de
un largo camino, de la Orquesta Filarmónica de Viena.
Hoy,
hemos recibido la llamada de Sinama, nos ha comunicado que se ha
muerto su abuelo Alí, y nos ha notificado la hora y lugar de su
entierro, allí en Viena. Él mismo nos ha pagado el dinero del avión
y el hotel, y todo porque quería agradecernos que gracias a nuestra
familia, ha sido capaz de convertir en realidad el sueño de su
abuelo.
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